Queremos leones, criamos gatitos. El coste invisible de la sobreprotección
- zenoquantum

- 24 oct 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 27 oct 2025

Desde hace muchos años venimos observando un fenómeno que hoy ya no es una hipótesis, sino una evidencia: la sobreprotección parental está dejando una huella profunda en toda una generación.
Hace tiempo alertábamos de que la sobreprotección, por muy bienintencionada que fuera, era un arma de doble filo. Advertíamos que impedir a los hijos experimentar la frustración, equivocarse o asumir consecuencias reales acabaría debilitando su capacidad de enfrentarse a la vida adulta. Hoy, esa predicción se confirma con fuerza. Lo que entonces parecía una exageración, hoy lo vemos reflejado en los colegios, en las universidades y en las empresas.
En los colegios, muchos equipos directivos confiesan que se sienten atrapados: presionados por familias que exigen que todo salga bien, que sus hijos no sufran, que el error no figure en su expediente. También presionados por un sistema que les obliga a ir en contra de sus propios principios porque “hay que mejorar las estadísticas”. Centros que, en su intento por agradar o por no perder matrículas, han cedido terreno educativo al discurso del cliente. La relación escuela–familia ha pasado de la cooperación a la negociación, y eso ha desdibujado los límites naturales del aprendizaje.
Las universidades también lo están viviendo. Hace unas semanas se hizo viral un cartel en la Universidad de Granada que decía: “El Vicedecanato de Prácticas NO ATIENDE A PADRES. Todo el alumnado matriculado en Prácticas es mayor de edad”. Los hijos ya son adultos, pero los padres continúan actuando como si no lo fueran.
Y en el mundo empresarial, las consecuencias son igual de visibles.
Una directora de Recursos Humanos que pertenece a uno de los grupos de moda más importantes del mundo, esta semana nos contaba con cierta incredulidad, que los padres acompañan a sus hijos a las entrevistas de trabajo, que algunos incluso responden en su lugar o negocian horarios. “He tenido que pedir a varios que guardaran silencio, nos decía, porque las preguntas eran para sus hijos, no para ellos. ”Otros padres exigen que sus hijos no trabajen fines de semana, porque hay comida familiar los domingos, o después de las nueve de la noche, hora de cierre de las tiendas.
Otra directora de Recursos Humanos de una cadena de tiendas de moda nos relataba la semana pasada cómo, tras invertir tiempo y recursos en la selección, contratación y formación de jóvenes, muchos abandonan a las tres semanas, argumentando simplemente: “Es que es muy cansado trabajar”. El resultado es desalentador: procesos de despido, bajas en la administración y una sensación generalizada de desconcierto empresarial ante una generación que parece no saber muy bien qué quiere.
Esa es la realidad que hoy observamos: jóvenes adultos cuya autonomía ha sido sustituida por la intermediación constante de sus padres.
Y conviene subrayarlo: los jóvenes no son los responsables de esta situación; son sus víctimas. No les falta talento ni capacidad, sino espacio para desarrollarse. Son producto de una generación de padres y madres que, movidos por el miedo: miedo al fracaso, miedo a la frustración, miedo a no estar a la altura, han confundido proteger con impedir. Muchos de esos padres cargan con sus propias frustraciones, con el deseo de que sus hijos consigan lo que ellos no pudieron o no supieron alcanzar. Desde ese deseo genuino, pero desbordado, han construido una red de protección tan tupida que impide que los hijos aprendan a caminar solos.
La evidencia científica lleva años confirmando esta tendencia. Estudios de la American Psychological Association señalan que los hijos de padres sobreprotectores presentan mayores niveles de ansiedad, menor autoestima y peor regulación emocional. Una revisión de Frontiers in Psychology (2022) concluye que el exceso de control parental reduce la capacidad de los jóvenes para tomar decisiones autónomas y aumenta la ansiedad y la dependencia emocional. Y un meta-análisis de la Universidad de Tennessee (2024), basado en más de cincuenta investigaciones, demuestra que los hijos criados bajo estilos de “helicopter parenting” muestran menor tolerancia a la frustración, más indecisión y menor compromiso académico y laboral. En otras palabras, la sobreprotección produce exactamente lo contrario de lo que se pretendía.
Mientras tanto, el sistema educativo y el empresarial empiezan a reaccionar. Las universidades reconocen que la falta de esfuerzo y de constancia (palabras que los propios estudiantes utilizan) figura entre las principales causas de abandono. Según un informe de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE, 2023), casi la mitad de los casos de abandono universitario se relacionan con la desmotivación y la falta de hábito de estudio. Por su parte, el World Economic Forum (2025) señala que las tres competencias más demandadas por las empresas son la resiliencia, la capacidad de aprendizaje y la autonomía: precisamente las que menos se desarrollan cuando los padres resuelven todo por sus hijos.
Quizás lo que subyace no sea un problema educativo, como algunos se apresuran a apuntar, sino cultural. Vivimos en una sociedad que ha confundido la felicidad con la ausencia de dolor, el amor con la sobreprotección y el éxito con la comodidad. Pero la vida, como la educación y el trabajo, se construye sobre el esfuerzo, el error, la frustración y la superación.
Y lo peor es que la solución no será inmediata. Muchos de esos jóvenes tendrán que pasar por un largo Y doloroso proceso de adelgazamiento emocional, despojándose de las capas de protección que les impiden alinearse con el mundo real.
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