No hemos criado hijos. Hemos criado clientes.
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Por Diego Delgado, CEO de Zeno Quantum
Hace más de 15 años, mucho antes de que existiera Zeno Quantum tal y como la conocemos hoy, pasé muchos días en los colegios hablando con familias sobre orientación.
Recuerdo repetir una idea que entonces provocaba sonrisas incómodas en muchas salas.
Decía a los padres que no podían perder de vista su rol.
Que estaban empezando a transformarse en otra cosa: acompañantes permanentes, chóferes, coaches, psicólogos, amigos o gestores emocionales constantes de sus hijos, mientras dejaban poco a poco de ocupar el lugar que históricamente habían ocupado como padres.
Porque el “no” siempre había formado parte natural de la función parental.
No porque un padre disfrutara frustrando. Ni porque quisiera endurecer emocionalmente a sus hijos. Ni porque generaciones anteriores fueran más sabias o más fuertes. Sino porque entendía algo profundamente humano: que crecer siempre había tenido una relación incómoda con la realidad.
La realidad contiene espera. Contiene límites. Contiene decepción. Contiene esfuerzo. Contiene rechazo. Contiene aburrimiento. Contiene autoridad. Contiene frustración. Y también contiene algo que hoy parece haberse vuelto casi intolerable: la incomodidad.
Recuerdo intentar explicarlo de una forma muy simple para que pudiera visualizarse: si tu hijo tiene frío caminando cinco minutos, tranquilo, no se morirá. Si se frustra, tampoco. Si algo no sale como esperaba, sobrevivirá. Si tiene que esperar, adaptarse o soportar una decepción, probablemente no estamos ante un trauma, sino ante una experiencia normal de crecimiento.
Yo intentaba generar reflexión. Muchas veces solo conseguía sonrisas.
Lo que entonces parecía exagerado hoy empieza a parecer descriptivo.
Porque quizá uno de los cambios culturales más profundos de las últimas décadas no ha sido tecnológico. Ha sido psicológico.
En algún momento, nosotros, los adultos actuales, empezamos a redefinir silenciosamente qué considerábamos “sufrimiento”.
Y eso lo cambió absolutamente todo.
Cuando nosotros éramos niños, muchas experiencias incómodas formaban parte natural del desarrollo: no ser el centro, esperar, caminar, suspender, equivocarse, perder, recibir un “no”, adaptarse a normas externas, convivir con la frustración.
Y cuando miro hacia atrás, no veo que el problema haya desaparecido. Veo que ha evolucionado.
Hoy, cada vez más, muchas de esas experiencias son interpretadas automáticamente como algo que debe corregirse, amortiguarse o evitarse.
Y aquí aparece una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿dónde empieza realmente el esfuerzo y el sufrimiento?
Porque si toda incomodidad pasa a interpretarse como sufrimiento, entonces toda fricción empieza a percibirse como una anomalía. Y cuando una sociedad intenta eliminar sistemáticamente toda fricción, no elimina únicamente el malestar. Muchas veces elimina también las condiciones donde se desarrollan capacidades humanas fundamentales.
La tolerancia a la frustración. La autonomía. La resiliencia. La responsabilidad. La paciencia. La capacidad de adaptación. El autocontrol. Incluso parte de la construcción de la identidad.
Nada de eso aparece espontáneamente. Y tampoco se compra en una farmacia.
Se construye lentamente, mediante experiencia, tensión, error y repetición sostenida en el tiempo.
Nassim Taleb popularizó hace años una idea especialmente reveladora: los sistemas excesivamente protegidos suelen perder capacidad de adaptación frente a la tensión real.
Y quizá eso no solo aplica a economías, mercados o estructuras físicas. Mi experiencia me ha enseñado que, sobre todo, aplica a las personas.
Sin embargo, probablemente el fenómeno más interesante no sea qué es lo que ha cambiado en los jóvenes. Probablemente lo verdaderamente importante es qué es lo que ha cambiado en los adultos.
Porque tal vez esto no nace únicamente de un deseo sano de proteger a los hijos.
A veces hablamos como si estuviéramos evitando a nuestros hijos sufrimientos que nosotros mismos soportamos. Pero muchas de las cosas de las que intentamos protegerlos ni siquiera las vivimos personalmente. Tal vez el problema nace también de una transformación silenciosa del propio rol adulto.
Durante décadas, muchos padres dejaron de sentirse cómodos ocupando un lugar de autoridad estructural. Poner límites empezó a confundirse con ser distante. Frustrar empezó a parecer casi una agresión emocional. El conflicto empezó a vivirse como un fracaso relacional.
Y entonces ocurrió algo muy sutil: Muchos adultos dejaron de ejercer únicamente como padres y empezaron también a necesitar ser validados emocionalmente por sus hijos.
Necesitaban gustarles. Entenderse constantemente con ellos. No romper el vínculo. No parecer duros. No ocupar una posición incómoda. Y eso transformó profundamente la relación educativa.
Porque un padre dispuesto a asumir el coste emocional de decir “no” cumple una función completamente distinta a un adulto que necesita mantener aprobación permanente.
Sin darnos cuenta, en muchos casos dejamos de preparar personas para convivir con la realidad y empezamos a preparar consumidores de experiencias.
Padres amortiguando frustraciones. Colegios evitando conflicto. Universidades tratando al alumno como cliente. Plataformas diseñadas para la gratificación inmediata. Empresas transformando al trabajador en “cliente interno”.
Cada capa reforzando la anterior.
Y el resultado no ha sido una generación “peor”. Eso sería una simplificación absurda. El resultado es una generación perfectamente adaptada al entorno que los adultos hemos construido.
Jonathan Haidt lleva años advirtiendo de una combinación especialmente delicada: hiperprotección en el mundo físico y sobreexposición sin límites en el digital.
Menos autonomía real. Más validación constante. Menos experiencias directas de resolución. Más acompañamiento permanente.
Después, cuando esos mismos jóvenes llegan a las empresas, escuchamos frases como: “no se comprometen”, “todo lo cuestionan”, “necesitan feedback constante”, “no toleran la presión”, “quieren crecer demasiado rápido”.
La pregunta que nos deberiamos hacer es: ¿qué esperábamos exactamente?
Porque durante años les enseñamos, explícita o implícitamente, que la incomodidad debía minimizarse, que la espera era injusta, que la autoridad debía negociarse, que el entorno debía adaptarse y que cualquier experiencia emocionalmente desagradable era señal de que algo iba mal.
Y quizá por eso el debate sobre el talento joven suele estar profundamente mal planteado. No estamos observando una generación defectuosa. Estamos observando el reflejo lógico de un modelo cultural construido durante décadas por nosotros mismos: adultos, instituciones, organizaciones y empresas.
Padres. Escuelas. Universidades. Empresas. Todos.
Y quizá la parte más incómoda de todas sea esta: Muchos de los adultos que hoy critican a esa generación participaron directamente en diseñar el entorno que la produjo.
Los mismos padres que amortiguaron cualquier fricción. Los mismos sistemas educativos obsesionados con satisfacción. Las mismas universidades que empezaron a competir como marcas de experiencia. Las mismas empresas que transformaron la relación laboral en una promesa constante de bienestar emocional.
Y ahora, desde posiciones directivas, muchas veces decimos: “no son fieles”, “no aguantan”, “no quieren comprometerse”.
Pero quizá llevamos demasiado tiempo mirando el problema desde el lugar equivocado.
Porque si una generación entera comparte determinados comportamientos, probablemente ya no estamos observando casos individuales.
Estamos observando el comportamiento coherente de un sistema completo.
Quizá por eso la pregunta correcta ya no sea: “¿Qué les pasa a los jóvenes?”
Quizá la pregunta verdaderamente incómoda sea otra: “¿Qué tipo de relación con la realidad llevamos años enseñandoles nosotros mismos?”
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