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Verónica ya no cree en el título y la empresa tampoco.

  • Foto del escritor: zenoquantum
    zenoquantum
  • 16 may
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 19 may

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¿Y si la universidad ya no es el camino hacia el futuro, sino un monumento del pasado?


Verónica tiene 22 años, sabe programar en tres lenguajes, gestiona campañas en redes sociales con miles de impresiones y habla inglés mejor que su profesor de bachillerato.


No tiene título universitario, ni piensa conseguir uno. “¿Para qué?”, dice encogiéndose de hombros. “Todo lo que necesito está en YouTube, en GitHub o en un curso online de 30 euros.”


Sus padres están aterrados. Sus profesores, confundidos. ¿Y sus jefes? Sus jefes encantados. Porque Verónica consiguió el trabajo, no gracias a un título con membrete, sino gracias a sus habilidades. Y lo sorprendente es que, lo de Verónica no es un caso aislado.


El título que ya no garantiza nada

Durante décadas, un título universitario fue visto como un billete dorado al éxito. En los años 70 los padres obreros animaban a los hijos a estudiar una carrera que le abriera un abanico de oportunidades mayor que trabajar en una fábrica. Caló tanto, que durante décadas nos han hecho creer que, el título es un fin en él mismo, cuando la realidad es que la carrera es una herramienta para convertirse en un profesional y tener empleo.


Hace años, estudiar era “la única forma de ser alguien en la vida”. Pero hoy, para Verónica y millones de jóvenes como ella, ese discurso huele a naftalina.


Según una encuesta reciente, casi 1 de cada 3 jóvenes cree que un título universitario no garantiza un empleo bien remunerado. No es rebeldía: es realismo.


Tres de cada cuatro estudiantes opinan que la universidad no los prepara realmente para trabajar. Las carreras están llenas de teoría desfasada, profesores que nunca pisaron una empresa y planes de estudio que avanzan más lento que la tecnología. Mientras tanto, afuera, el mercado cambia a velocidad de vértigo.


Las empresas ya no "compran" títulos. Contratan talento.

En Estados Unidos, gigantes como Google, IBM o Apple ya no exigen títulos universitarios para muchos de sus puestos. Prefieren gente como Verónica: formada por la práctica, con hambre de aprender y dispuesta a resolver problemas, no a memorizar conceptos.


¿Y sabes qué? Que aunque contraten universitarios, luego los tienen que volver a formar. Porque muchos recién graduados llegan sin saber usar herramientas básicas, sin habilidades blandas, y sin haber tocado un proyecto real en su vida. La universidad les prometió estar listos. El trabajo les demuestra lo contrario.


Ese hecho no es un caso aislado de las grandes multinacionales. Muchas empresas ya no creen en las universidades y piensan que están más centradas en mantener sus estructuras que en hacer de conector valioso entre el profesional del futuro y las necesidades de su empresa.


Cientos de artículos llenan estos días los medios de comunicación que hablan que la disrupción de universidades privadas están poniendo en jaque a las universidades públicas. Existe una preocupación (no siempre infundada) de que algunas universidades privadas funcionen con criterios comerciales y no académicos, bajando el nivel para atraer más estudiantes y lucrar. Se teme que eso acelere la devaluación del prestigio, ya en decadencia, de la educación superior. No vivimos nada nuevo: el sistema siempre preocupado por protegerse del nuevo sistema.


La IA lo sabe todo. ¿Y entonces, para qué la universidad?

Los jóvenes se lo cuestionan cada vez más. Si en un mundo donde la inteligencia artificial puede enseñarte más rápido, mejor y más barato que cualquier profesor, la pregunta se vuelve incómoda: ¿Sigue teniendo sentido estudiar cuatro o cinco años y endeudarte miles de euros, si puedes aprender lo mismo, o más, por tu cuenta?


No se trata solo de eficiencia. Se trata de propósito. Si lo que las empresas quieren es conocimiento aplicable, creatividad, resolución de problemas y ética profesional, ¿por qué seguimos obsesionados con diplomas colgados en la pared?


Ante esto, muchos responden con lo de siempre: “Sí, claro, pero…”, “es que…”, “no es tan simple…”. Excusas disfrazadas de argumentos. Resistencias vestidas de lógica. Es el viejo reflejo de temer lo nuevo y aferrarse a lo conocido. No porque lo anterior fuera mejor, sino simplemente porque era familiar.


Pero así no se evoluciona. El progreso incomoda, cambiar duele. Lo que duele más es quedarse quieto, esperando que el mundo se adapte a uno. Porque el mundo no se detiene —los que no avanzamos somos nosotros. "Hasta un corcho a la deriva termina en la orilla". No por elegir su rumbo, sino porque dejó que el mar decidiera por él.


¿El principio del fin?

Tal vez estemos viendo el fin de la universidad, al menos sí el fin de la universidad como fábrica de empleados obedientes.


Si la empresa no cree. Si el joven no cree. Es cuestión de tiempo que se conecten directamente y se salten a la universidad.


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En el comprosmiso que tenemos en Zeno Quantum con la igualad de las personas, el texto está redactado en género masculino ya que la RAE mantiene que el masculino genérico se usa para ambos sexos y que no excluye a la mujer.

 
 
 

Comentarios


+376 73 70 70

En el compromiso que tenemos en Zeno Quantum con la igualad de las personas, el texto está redactado en género masculino ya que la RAE mantiene que el masculino genérico se usa para ambos sexos y que no excluye a la mujer. Pel compromis que tenim a Zeno Quantum amb la igualtat de les persones, el text està redactat en gènere masculí ja que la RAE manté que el masculí genèric s'usa per a tots dos sexes i que no exclou la dona. Due to the commitment that we have in Zeno Quantum with the equility of people, the text is written in the masculine gender since the RAE maintains that the generic masculine is used for the both sexes and that it does not exclude women. Zeno Quantum pertsonen arteko berdintasunarekin duen konpromisoagatik zera jakinarazi nahi dizue: testua maskulinoan idatzita dago, RAEk maskulino generikoa bi sexuetarako erabiltzen dela eta ez duela emakumea baztertzen baitio.

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