La salida estaba abierta
- zenoquantum

- 16 jun
- 3 min de lectura
Actualizado: 19 jun

Abres LinkedIn y ahí está. Subes al metro o al autobús y también está. En la oficina, en la cafetería, en las comidas familiares, en los grupos de WhatsApp, en las conversaciones de pasillo. Está siempre. La queja.
El jefe es un inútil. La empresa no valora a nadie. El salario es una vergüenza. Los jóvenes no se esfuerzan. Los mayores no se adaptan. El sistema está podrido. Todo está mal.
Y muchas veces es verdad.
Ese es precisamente el problema. Que tener razón se ha convertido en una forma muy cómoda de no hacer nada.
Nos gusta pensar que la queja es lucidez. Pero la queja sostenida durante años deja de ser un diagnóstico y empieza a ser un refugio. Sirve para conservar una identidad: la de la persona inteligente atrapada en un lugar mediocre. Es una posición muy rentable emocionalmente. Permite quedarse sin decir que uno se queda. Permite no decidir mientras se construye un relato impecable sobre la culpa de los demás.
Olvidamos algo incómodo: gran parte del decorado del que nos quejamos hoy está hecho con los ladrillos de nuestras propias decisiones del pasado. El trabajo que hoy te asfixia es el que celebraste conseguir. La hipoteca que te ata fue la compra de tus sueños. El coche, la ciudad, la rutina. Son jaulas, sí, pero las llaves las compramos nosotros.
Conviene no confundir los términos. Exigir, reclamar o poner límites no es quejarse; es accionar. Es intervenir sobre la realidad. La queja de pasillo, en cambio, es puramente homeopática: reduce el síntoma un rato, pero deja la enfermedad intacta.
Imaginemos un espejo crudo. ¿Qué pasaría si tuviéramos que renegociar nuestra vida cada lunes por la mañana? Si no hubiera derechos adquiridos sobre el pasado y tuviéramos que elegir, de nuevo y de forma consciente, si firmamos el contrato de ese trabajo, de esa hipoteca o de esa relación.
Seguramente muchos descubrirían que prefieren la seguridad de su celda actual antes que el abismo de tener que elegir otra cosa. Querían seguridad con estética de libertad. Querían poder criticar la estructura, pero sin asumir el coste de mudarse.
La psicología lleva décadas explicando esto. Samuelson y Zeckhauser describieron el sesgo de statu quo: nuestra tendencia a preferir que las cosas sigan como están. Kahneman y Tversky demostraron que las pérdidas nos pesan el doble que las ganancias equivalentes. Cambiar no se evalúa por lo que puedes ganar; se evalúa por lo que temes perder.
Por eso la queja es el formato perfecto. Te permite mantener los beneficios de tu estatus actual (la nómina, la estabilidad, la rutina) mientras te compras la superioridad moral de sentirte una víctima del entorno. No exige pagar el precio del cambio.
Lo fácil sería caer ahora en el discurso contrario. El de los coaches de garrafón: Si quieres, puedes. Sal de tu zona de confort. Frases de taza para problemas de carne y hueso. No todo el mundo puede cambiar mañana. No todo es una cuestión de actitud.
Pero tampoco todo es culpa del mundo.
Y quizá eso sea lo que más molesta de este espejo. Porque nos deja sin el consuelo completo de la víctima y sin la mentira infantil del héroe motivacional.
La verdad suele estar en un lugar más seco: hay sistemas injustos, pero también comodidades que no quieres sacrificar. Hay entornos agotadores, pero también decisiones que llevas años aplazando.
Cambiar no es fácil, ni rápido, ni gratis. A veces el movimiento no es irse; es hablar claro, es formarse, es buscar fuera o, simplemente, asumir el coste de lo que elegiste.
La libertad no siempre se pierde. A veces, simplemente, sale muy cara y preferimos pagar la comodidad con la moneda de nuestra propia queja.
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