La gente no ha dejado de trabajar. Ha dejado de creer.
- zenoquantum

- 25 jun
- 4 min de lectura

¿A quién no le ha pasado?
Vas a un restaurante y el camarero casi prefiere que te vayas al otro que hay más abajo. Entras en una tienda y el dependiente sigue doblando ropa. En la oficina, a las seis menos cinco ya hay abrigos puestos y ordenadores apagándose. Dices a la gente que se forme y te contestan que te formes tú. Pides un poco más de implicación con el proyecto y te miran como si hubieras pedido una donación de sangre.
Y es que no se sabe bien por donde cogerlo. Parece que la gente ya no quiere trabajar.
Y lo escuchas que lo dicen en despachos, en los colegios, en reuniones de dirección, en comidas de empresa y en conversaciones entre empresarios.
Los jóvenes no aguantan nada. Los más veteranos están acomodados. Nadie tiene hambre. Nadie quiere aprender. Nadie quiere comprometerse. Todo el mundo mira el reloj. Todo el mundo quiere cobrar más y trabajar menos.
Puede ser.
Pero quizá es que no tenemos memoria y solo miramos el último mes.
¿Qué pasaría si no fuera pereza? ¿Si no fuera comodidad? ¿Si una parte importante de esa gente no hubiera dejado de trabajar, sino que hubiera dejado de creer?
Porque hay algo bastante obsceno en pedir ilusión a personas a las que llevamos años gastándosela.
Hemos pedido más trabajo, más flexibilidad, más disponibilidad, más adaptación, más paciencia, más resiliencia, más formación, más compromiso y más fidelidad.
Hemos pedido que aceptaran cambios, que asumieran nuevas herramientas, que cubrieran bajas, que absorbieran tareas de compañeros que se fueron, que confiaran en el próximo plan estratégico, en la próxima reorganización, en el próximo responsable y en el próximo ciclo de crecimiento.
Y sí, aunque a veces parece que tenemos memoria de pez, muchos lo hicieron.
Llegaron antes. Se quedaron más tarde. Aprendieron programas nuevos. Cambiaron de jefe, de equipo, de objetivos, de sistema y de discurso corporativo.
Un año tocaba eficiencia. Otro año innovación. Otro año transformación digital. Otro año propósito. Ahora toca inteligencia artificial.
Ellos seguían allí, adaptándose a todo, con la esperanza silenciosa de que algún día tanto esfuerzo se notaría en algo más que en una sonrisa de agradecimiento.
Pero pasaron los años. Y veinte años después muchos no están mucho mejor. Están igual, pero más cansados.
Viven en el mismo piso. Mantienen el mismo coche. Pagan la letra de la misma hipoteca o el mismo alquiler que les muerde la vida cada mes. La misma calculadora mental en el supermercado para llenar la cesta. El mismo engaño de que con una hamburguesa también se puede salir a cenar bien. La misma sensación de que cualquier mejora salarial desaparece entre vivienda, impuestos, hijos, gasolina, comida, seguros y una avería inesperada.
Y entonces venimos nosotros, directivos y empresas, y volvemos a pedir ilusión.
Claro que sí.
Durante años muchos profesionales han vivido como el burro que avanza detrás de una zanahoria atada a un palo. Caminan, aprietan, obedecen, se forman, se adaptan y siguen tirando del carro convencidos de que, si dan unos pasos más, acabarán alcanzándola. Pero la zanahoria no se acerca nunca. Siempre está ahí. Visible. Prometedora. A la misma distancia.
Y eso, al principio, activa. Luego cansa. Y al final enseña.
Porque llega un momento en que el problema ya no es la falta de esfuerzo, sino la repetición de una promesa que nunca se cumple.
Entonces uno no deja de caminar porque sea cómodo. Deja de correr porque ha entendido que correr no acorta la distancia para conseguir la zanahoria.
El conformismo no siempre nace de la pereza. A veces nace del agotamiento.
De la experiencia acumulada. De haber empujado muchas puertas y descubrir que casi todas estaban pintadas en la pared.
La ciencia lleva tiempo poniendo nombre a esto. La literatura sobre estancamiento profesional habla del career plateau: la percepción de que la carrera se ha congelado y ya no ofrece desarrollo real. La indefensión aprendida explica que, cuando una persona siente durante demasiado tiempo que sus acciones no cambian los resultados, deja de intentarlo. Y los estudios globales sobre compromiso laboral muestran una desconexión profunda entre empleados y organizaciones.
Pero, en realidad, no hace falta leer un informe para verlo. Bastaba con escuchar mejor.
Quizá la pregunta que deberían hacerse muchas organizaciones no es por qué la gente ya no quiere dar más. Quizá la pregunta es cuánto tiempo llevan dando sin recibir una razón creíble para seguir creyendo.
Y es que un árbol no se seca el día que dejas de regarlo. Se seca cuando llevas mucho tiempo sin hacerlo.
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