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Nadie lo sabe. Nadie responde.

Foto del escritor: zenoquantum
zenoquantum
hace 4 días
6 min de lectura

Quizá usted sea padre o familiar de un joven que dentro de pocos meses deberá decidir qué estudiar. Quizá sea tutor u orientador de un colegio, trabaje en una universidad o en un centro de Formación Profesional, o forme parte de un departamento de recursos humanos que observa cómo cambian los perfiles que necesita su empresa.


Ninguno de ustedes tiene toda la responsabilidad sobre el futuro de esos jóvenes, pero ninguno puede utilizarlo como excusa para actuar como si no tuviera ninguna.


Muchos estudiantes que en estos días inician curso, dentro de unos meses deberán elegir una formación que puede ocuparles cuatro o seis años de vida. Tendrán que hacerlo mientras la inteligencia artificial transforma profesiones que hasta hace poco parecían seguras, algunas empresas empiezan a reducir determinados puestos de entrada y aparecen herramientas capaces de realizar en segundos tareas que antes exigían años de formación.


La pregunta llegará igualmente: ¿qué debería estudiar?


Algunos recomendarán una ingeniería porque siempre tendrá salidas. Otros aconsejarán una profesión sanitaria porque las personas siempre necesitarán que alguien las cuide. Habrá quien defienda la Formación Profesional porque las empresas buscan perfiles técnicos y quien recomiende estudiar aquello que al joven le guste porque, si es bueno, acabará encontrando su lugar.


Puede que alguno acierte, pero no lo sabrá hasta dentro de seis años.


Mientras tanto, LinkedIn se ha llenado de personas que sí parecen saberlo. Publican gráficos y frases sobre fondos de montañas mientras aseguran que la inteligencia artificial destruirá muchos empleos, pero creará otros tantos; que la tecnología nunca podrá sustituir la parte humana; o que una inteligencia artificial no te quitará el trabajo, sino que lo hará alguien que sepa utilizarla.


Es una especie de coaching de garrafón tecnológico: frases suficientemente optimistas para tranquilizarnos, suficientemente ambiguas para no poder ser desmentidas y suficientemente cortas para caber en una publicación. Tal vez algunas sean ciertas, pero quien las pronuncia con absoluta seguridad sabe exactamente lo mismo que usted y que nosotros: no lo sabe.


La Organización Internacional del Trabajo publicó en 2025 un estudio según el cual aproximadamente uno de cada cuatro empleos se encuentra expuesto en algún grado a la inteligencia artificial generativa.[1] Exposición, sin embargo, no significa desaparición. Una profesión puede reducirse, cambiar sus tareas, necesitar menos personas o aumentar su productividad y acabar generando más trabajo. El resultado dependerá de la evolución tecnológica, de las decisiones de las empresas, de la regulación, de los costes y de otros factores que todavía no conocemos.


También repetimos que se crearán tantos empleos como se destruirán, una afirmación que puede ser estadísticamente correcta y no resolver nada. Si desaparecen cien mil puestos administrativos y se crean cien mil empleos relacionados con la inteligencia artificial, las cifras dirán que el mercado laboral ha quedado equilibrado. Pero eso no significa que quienes realizaban tareas administrativas vayan a ocupar los nuevos puestos, ni que estos aparezcan en las mismas ciudades, exijan la misma formación u ofrezcan las mismas condiciones. Las sumas pueden cuadrar mientras las vidas no cuadran en absoluto.


Y en medio de esta incertidumbre comienza el reparto de responsabilidades.


Los padres les dicen a sus hijos que estudien lo que quieran y que lo importante es que sean felices. Puede parecer una forma de respetar su libertad, pero también puede ser una manera elegante de retirarse justo cuando empieza la conversación difícil. Se lo dicen a alguien que conoce una parte muy pequeña de las profesiones existentes, que nunca ha trabajado y que debe decidir cómo prepararse para un futuro que tampoco comprenden los adultos que lo aconsejan.


Los colegios ven al estudiante con un pie fuera. Han conseguido que termine la ESO o el bachillerato, que apruebe y que encuentre unos estudios con los que continuar. El futuro profesional queda unos años más adelante y parece corresponder a la familia o a la siguiente institución.


Las universidades y los centros de Formación Profesional toman entonces el relevo, presentan su oferta y tranquilizan al estudiante explicándole que siempre podrá rectificar, aunque equivocarse también suponga años de vida, esfuerzo, dinero y oportunidades que no se recuperan con tanta facilidad como sugiere un folleto.


Las empresas aparecen al final del recorrido, cuando el joven ya ha elegido, estudiado y construido una identidad profesional. Entonces se quejan de que no tiene iniciativa, autonomía, experiencia o los conocimientos adecuados. Esperan que el talento llegue hecho y actualizado, aunque cuando aquel joven estaba decidiendo qué estudiar ellas no estaban allí para mostrarle qué profesionales podían necesitar.


La Administración observa las tendencias, publica listas de profesiones emergentes y trata de adaptar la oferta educativa, pero a veces presenta como un mapa lo que apenas es una previsión. Que un sector vaya a crecer no significa que cualquier persona que se forme en él vaya a encontrar su lugar.


Así, la responsabilidad gira por el sistema como una maleta sin dueño sobre la cinta de un aeropuerto. Los padres creen que pertenece al colegio; el colegio, a la universidad o al centro de formación; las instituciones educativas, al mercado; las empresas, al sistema educativo; y la Administración recuerda que debería repartirse entre todos. El joven espera junto a la cinta porque su nombre es el único que aparece en la etiqueta.


La OCDE publicó también en 2025 un informe sobre la preparación profesional de los adolescentes. Según sus datos, el 39 % de los estudiantes de quince años de los países de la OCDE no era capaz de expresar una expectativa profesional clara.[2] No significa que un adolescente deba conocer ya la profesión que ejercerá durante el resto de su vida; sería absurdo exigirle una certeza que tampoco tenemos los adultos. Pero sí muestra la distancia entre la importancia de las decisiones que le pedimos tomar y el conocimiento del mundo profesional con el que llega a ellas.


Conoce pocas posibilidades y tampoco puede saber cómo cambiarán. Aun así, le pasamos un test, le entregamos varios folletos, lo invitamos a una feria, le mostramos sus notas y esperamos que elija. Después llamamos vocación al resultado.


Sería fácil terminar señalando culpables, pero probablemente sería injusto. Los padres recomiendan los caminos que conocen porque no disponen de otros mapas. Los colegios trabajan con currículos, calendarios y recursos que no pueden transformar cada vez que aparece una tecnología. Las universidades y los centros de formación necesitan años para diseñar programas que el mercado puede dejar atrás en meses. Las empresas bastante tienen, en ocasiones, con comprender cómo cambiará su propia actividad. Y ninguna Administración puede reorganizar el sistema educativo cada vez que un informe anuncia la siguiente revolución.


Siguen haciendo lo mismo porque no saben qué otra cosa hacer. Eso es comprensible. Nadie puede exigir a un padre que anticipe el mercado laboral de 2032, a un tutor que conozca todas las profesiones que aparecerán, a una universidad que rediseñe sus programas cada seis meses o a una empresa que sepa qué puestos necesitará dentro de cinco años.


El verdadero error no está en no saber, sino en permanecer exactamente igual mientras esperamos a saberlo.


No podemos pedirles que acierten, pero sí que empiecen a moverse: que los padres ayuden a sus hijos a explorar más allá de lo que conocen; que los colegios no consideren que el futuro profesional comienza después de que el estudiante abandone sus aulas; que universidades y centros de formación dejen de presentar destinos conocidos y reconozcan que solo pueden ofrecer puntos de partida; y que las empresas no esperen al momento de contratar para explicar qué necesitan.


Nadie sabe qué va a pasar.


No saberlo no es el error.


Permanecer inmóviles esperando a que el futuro nos dé la respuesta sí puede llegar a serlo.

Fuentes

[1] Organización Internacional del Trabajo, Generative AI and Jobs: A Refined Global Index of Occupational Exposure, 2025. Consultar el estudio

[2] OCDE, The State of Global Teenage Career Preparation, 2025. Consultar el informe


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En el comprosmiso que tenemos en Zeno Quantum con la igualad de las personas, el texto está redactado en género masculino ya que la RAE mantiene que el masculino genérico se usa para ambos sexos y que no excluye a la mujer.

Comentarios


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En el compromiso que tenemos en Zeno Quantum con la igualad de las personas, el texto está redactado en género masculino ya que la RAE mantiene que el masculino genérico se usa para ambos sexos y que no excluye a la mujer. Pel compromis que tenim a Zeno Quantum amb la igualtat de les persones, el text està redactat en gènere masculí ja que la RAE manté que el masculí genèric s'usa per a tots dos sexes i que no exclou la dona. Due to the commitment that we have in Zeno Quantum with the equility of people, the text is written in the masculine gender since the RAE maintains that the generic masculine is used for the both sexes and that it does not exclude women. Zeno Quantum pertsonen arteko berdintasunarekin duen konpromisoagatik zera jakinarazi nahi dizue: testua maskulinoan idatzita dago, RAEk maskulino generikoa bi sexuetarako erabiltzen dela eta ez duela emakumea baztertzen baitio.

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