top of page

La mediocridad moderna no suspende. Aprueba justo.

  • Foto del escritor: zenoquantum
    zenoquantum
  • 3 jul
  • 5 min de lectura

Actualizado: 6 jul

Por Diego Delgado, CEO de Zeno Quantum.


Hace unos días, un buen amigo me reenvió unos mensajes de WhatsApp que le había enviado un catedrático universitario. En ellos describía una realidad que probablemente reconocerán muchos profesores. En sus mensajes decía: los estudiantes llegan con menos nivel, con las notas infladas. Tenemos una Selectividad donde aprueba prácticamente todo el mundo. Los jóvenes estudian poco y tarde y existe una presión creciente para rebajar la exigencia académica. En uno de los mensajes resumía su preocupación con una frase sencilla: si seguimos bajando el nivel, acabaremos desprestigiando la facultad.


Mientras los leía, pensé que probablemente tenía razón. Pero también pensé que quizá estaba observando el último capítulo de una historia que había comenzado mucho antes, porque cuando hablamos de educación solemos hacerlo como si el problema apareciera de repente. Como si un estudiante llegara a la universidad un día cualquiera convertido misteriosamente en un alumno mediocre. Como si la falta de conocimientos, de disciplina o de esfuerzo fuera una característica propia de esa persona y no el resultado de más de quince años de decisiones acumuladas tomadas por adultos, familias, profesores, escuelas, administraciones, universidades y empresas.


Y no, no estoy ante un ejercicio de nostalgia. El pasado no fue mejor, fue simplemente diferente, y arrastraba fallos crónicos de rigidez y falta de empatía que todos conocemos. Pero la alternativa a un error no puede ser el lado opuesto del péndulo.


Una de las contradicciones más interesantes de nuestra época es que, nos preocupa enormemente la mediocridad, pero llevamos años construyendo mecanismos diseñados precisamente para evitar cualquier situación que pueda ponerla de manifiesto.


La imagen más sencilla es la del estudiante que obtiene un 4,9. Todos conocemos la escena. La conversación de la familia no girará alrededor de aquello que sabe o de aquello que no sabe. Ya no hablará de los conocimientos que faltan, de las competencias que todavía no domina o de los conceptos que debería reforzar. La conversación se desplazará inmediatamente hacia otra cuestión: cómo presionar al profesor para que no lo suspenda por una décima.


Entonces aparecen las reclamaciones, las revisiones, los matices y las interpretaciones. Y muchas veces la presión del "sistema" acaba convirtiendo el 4,9 en un 5. Y con ese 5 parece que casi todo el mundo sale satisfecho. El estudiante aprueba. La familia respira. El profesor evita un conflicto. El centro mejora sus indicadores. Todo ello se percibe como una victoria colectiva cuando simplemente estamos ante la máxima representación del sistema: padres interesados en el aprobado, profesores evitando conflictos, colegios que no pierden matriculaciones, inspectores siguiendo las órdenes de los políticos y universidades manteniendo sus estructuras para seguir sobreviviendo.


Pero quizá sea exactamente lo contrario, porque el problema nunca fue la décima. El problema es el mensaje. Y el mensaje que recibe el estudiante no es que haya aprendido, sino que aquello que todavía no sabe ya lo aprenderá más adelante. En el siguiente curso. En Bachillerato. En la universidad. En el máster. En la empresa. Siempre más adelante. Siempre en la siguiente etapa. Siempre en la siguiente puerta.


Durante años hemos acompañado a nuestros jóvenes por un largo pasillo lleno de puertas y en cada una de ellas alguien podía detenerse y decir: todavía no.


Todavía no has aprendido esto. Todavía no dominas esta materia. Todavía no estás preparado para avanzar. Pero decir “todavía no” genera incomodidad, explicaciones, conflictos y conversaciones difíciles. Y poco a poco hemos ido desarrollando una extraordinaria habilidad para evitar esas conversaciones.


Así que abrimos la siguiente puerta. Y después otra. Y después otra más. Hasta que un día llegamos al final del pasillo y allí, por primera vez, ya no queda ninguna puerta. Solo queda un espejo.


Entonces aparece la indignación del sistema en titulares sobre la falta de talento, en las empresas que no encuentran perfiles preparados, en los directivos que se preguntan por qué cuesta tanto encontrar buenos profesionales y en los mismos padres que años atrás defendían que una décima no tenía importancia y que ahora se preguntan por qué el nivel ha bajado tanto. El mismo sistema que flexibilizó la exigencia comienzan a reclamar excelencia. Y todos parecen sorprendidos, como si la excelencia pudiera aparecer espontáneamente después de décadas evitando los costes que implica construirla.


Porque la excelencia tiene costes. Exige decir que no, asumir conflictos, reconocer que todavía falta trabajo por hacer y aceptar que avanzar y aprender no siempre son la misma cosa.


Durante años hemos confundido ambas cosas. Hemos confundido progreso administrativo con aprendizaje real, promoción con preparación, aprobación con competencia. Y cuando esas confusiones se acumulan durante décadas, el resultado no suele ser el fracaso. Eso sería demasiado visible. El resultado es algo mucho más difícil de detectar: la suficiencia. Personas que pasan, avanzan, obtienen títulos y llegan a la siguiente etapa, pero llegan con menos profundidad de la que sus certificados prometen.


La mediocridad moderna no suspende. Aprueba justo.


Y quizá esa sea una de las razones por las que resulta tan difícil combatirla, porque no se presenta como un desastre, no genera alarma inmediata y no provoca titulares dramáticos. Simplemente, va desplazando el listón hacia abajo, unos centímetros cada año, lo suficiente para que nadie perciba el cambio mientras está ocurriendo, hasta que un día descubrimos que tenemos una sociedad llena de personas razonablemente competentes para casi todo y extraordinarias en muy pocas cosas. Una sociedad que sabe a sabor vainilla. Como esos sándwiches mixtos que no disgustan a nadie, pero que nadie elegiría para celebrar algo importante. Cumplen su función, resuelven el momento, sirven para salir del paso, pero nadie cruza una ciudad para disfrutarlos.


Y quizá esa sea la imagen más incómoda de nuestra mediocridad contemporánea: no es una catástrofe, no es un derrumbe, no es un fracaso evidente. Es una aceptabilidad generalizada. Todo funciona más o menos. Todo pasa más o menos. Todo cumple más o menos. Pero cada vez cuesta más encontrar aquello que deslumbra, aquello que incomoda por arriba, aquello que obliga al resto a elevarse.


Por eso, insisto, que el debate sobre los jóvenes suele estar tan mal planteado. Seguimos analizando el resultado final mientras ignoramos el proceso que lo produjo. Nos preguntamos qué les pasa a ellos, cuando la pregunta verdaderamente incómoda es otra: qué nos ha pasado a nosotros.


En algún punto del camino confundimos la solución. La respuesta al autoritarismo del pasado no podía ser la permisividad del presente; la verdadera alternativa siempre fue la responsabilidad. Pero exigir responsabilidad implica madurez, y decidimos que era más sencillo eliminar toda frustración. En qué momento empezamos a considerar que exigir era un problema. En qué momento comenzamos a creer que la excelencia podía mantenerse mientras reducíamos sistemáticamente el coste de alcanzarla.


Tal vez el catedrático de aquellos mensajes tenga razón. Quizá los estudiantes llegan con menos nivel, quizá las notas están infladas y quizá la exigencia ha retrocedido. Pero sospecho que el verdadero problema no está en los jóvenes que han acabado la selectividad. Está repartido entre todos los que, durante años, hemos ido abriendo más puertas para evitar la incomodidad de cerrar solo una.


Y ahora, cuando hemos llegado al final del pasillo, descubrimos algo que siempre estuvo allí. El espejo nunca juzgaba a los estudiantes. Nos estaba esperando a nosotros.


Y frente a ese reflejo, la pregunta ya no es qué han dejado de hacer ellos, sino cuál es la primera puerta que cada uno de nosotros, como padres, educadores o líderes, vamos a tener el coraje de cerrar hoy.


Pide una presentación personalizada en team@mecareer.tech y conoce todas las ventajas.


Puedes conocer más sobre MeCareer en www.mecareer.tech o reservar una reunión personalizada. ¡¡aquí!!  


Conoce más sobre nosotros en el www.zenoquantum.com, www.mecareer.tech, www.meorienta.ad


Otros artículos relacionados

En el comprosmiso que tenemos en Zeno Quantum con la igualad de las personas, el texto está redactado en género masculino ya que la RAE mantiene que el masculino genérico se usa para ambos sexos y que no excluye a la mujer.

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


+376 73 70 70

En el compromiso que tenemos en Zeno Quantum con la igualad de las personas, el texto está redactado en género masculino ya que la RAE mantiene que el masculino genérico se usa para ambos sexos y que no excluye a la mujer. Pel compromis que tenim a Zeno Quantum amb la igualtat de les persones, el text està redactat en gènere masculí ja que la RAE manté que el masculí genèric s'usa per a tots dos sexes i que no exclou la dona. Due to the commitment that we have in Zeno Quantum with the equility of people, the text is written in the masculine gender since the RAE maintains that the generic masculine is used for the both sexes and that it does not exclude women. Zeno Quantum pertsonen arteko berdintasunarekin duen konpromisoagatik zera jakinarazi nahi dizue: testua maskulinoan idatzita dago, RAEk maskulino generikoa bi sexuetarako erabiltzen dela eta ez duela emakumea baztertzen baitio.

SUSCRÍBETE

Regístrate a nuestro Insights y recibe noticias de Zeno Quantum. Envía un correo a info@zenquantum.com con el asunto: "Registro insights"

bottom of page