Institucionalizados
- zenoquantum

- 28 may
- 4 min de lectura
Actualizado: 2 jun

En la película The Shawshank Redemption (Cadena Perpetua) hay una escena que siempre ha parecido mucho más dura que la propia cárcel.
Brooks, el viejo bibliotecario, recibe por fin la libertad después de pasar media vida encerrado. Durante años había soñado con salir de allí. Pero cuando llega el momento, descubre algo peor que la prisión: el mundo exterior ya no le pertenece.
Todo ha cambiado demasiado deprisa.
Las calles. Las personas. El ritmo. Las normas. La forma de vivir.
Brooks ya no sabe cómo encajar fuera porque llevaba demasiado tiempo aprendiendo únicamente a sobrevivir dentro.
Y aunque nos podemos pensar que eso solo ocurre en las cárceles, pasa todos los días en empresas aparentemente normales.
Hay profesionales que pasan diez, quince o veinte años haciendo exactamente lo mismo. Personas válidas, inteligentes y trabajadoras que acaban convirtiéndose en especialistas absolutos de un ecosistema muy concreto. Conocen perfectamente los procesos internos, las dinámicas políticas, los códigos invisibles de la organización y hasta las frases que deben decirse en cada reunión.
Aprenden cuándo callar, cómo protegerse y qué comportamientos premia el sistema.
Pero mientras ellos perfeccionan su adaptación interna, el mundo exterior sigue moviéndose.
Y mucho más deprisa de lo que creen.
El Cedefop, el Centro Europeo para el Desarrollo de la Formación Profesional, lleva años estudiando algo muy parecido bajo otro nombre: la obsolescencia de competencias. En algunos de sus informes habla incluso de “obsolescencia perspectivista”. No se refiere solo a perder habilidades técnicas. Se refiere a algo más profundo: profesionales cuya forma de entender el trabajo y el entorno queda desactualizada tras pasar demasiado tiempo dentro de contextos estáticos.
Es una definición elegantemente académica de algo bastante más humano: personas que siguen sabiendo trabajar, pero han dejado de entender el mundo que existe fuera de su organización.
El problema es que la mayoría confunde experiencia con repetición. Creen que llevar veinte años en un sitio significa haber evolucionado durante veinte años, cuando muchas veces solo significa haber repetido el mismo año veinte veces seguidas.
Eso no suele percibirse mientras todo funciona.
El salario llega. La empresa sigue abierta. El cargo continúa existiendo. El entorno es conocido. Incluso cómodo.
Hasta que un día ocurre algo.
Una reestructuración. Una venta. Un despido. Un cambio tecnológico. Una crisis.
O simplemente el mercado decide avanzar sin esperarles.
Y entonces aparece el vértigo.
Porque muchos profesionales descubren demasiado tarde que llevaban años sin competir realmente. Hacía mucho tiempo que no contrastaban sus conocimientos con el mercado, ni con otras empresas, ni con otras formas de trabajar.
Dejaron de explorar. Dejaron de escuchar. Dejaron de exponerse a la incomodidad de no ser los que más saben en la sala.
Se institucionalizaron.
Y esto no afecta únicamente a trabajadores. También a empresas enteras.
Organizaciones que hablan constantemente de innovación mientras viven encerradas en sí mismas. Empresas que dejan de escuchar proveedores porque creen que ya lo saben todo. Que miran a la competencia con desprecio en lugar de curiosidad. Que penalizan cualquier visión externa porque amenaza la comodidad interna del sistema.
Con el tiempo, muchas compañías acaban funcionando como pequeños mundos cerrados donde todos piensan parecido, hablan parecido y validan mutuamente sus propias inercias. Desde dentro parece estabilidad. Desde fuera empieza a parecer desconexión.
Y quizá por eso tantas organizaciones están envejeciendo peor de lo que imaginan.
Porque el verdadero riesgo no es que sus empleados sepan menos tecnología. El verdadero riesgo es que lleven demasiado tiempo viviendo lejos de la realidad.
La inteligencia artificial solamente está acelerando algo que ya existía. Durante años, muchos profesionales parecían extremadamente valiosos porque operaban dentro de entornos lentos, previsibles y protegidos. Pero cuando el conocimiento empieza a actualizarse más rápido que las organizaciones, la adaptación deja de ser opcional.
El Foro Económico Mundial lleva tiempo alertando de ello. Según su informe Future of Jobs, las competencias pierden vigencia cada vez más rápido y millones de trabajadores necesitarán procesos continuos de reskilling y adaptación para seguir siendo competitivos en un mercado que cambia más deprisa que las estructuras tradicionales.
Pero quizá el problema no sea solo técnico.
Quizá el problema es que muchos profesionales han pasado tantos años adaptándose a una organización que han dejado de exponerse al exterior. Y cuando una persona deja de contrastar cómo trabaja, cómo piensa o cómo evoluciona su profesión fuera de su entorno inmediato, empieza lentamente a confundirse: cree que conoce el mundo, cuando en realidad solo conoce su sistema.
Ahí es donde empieza la institucionalización.
Y quizá las empresas inteligentes del futuro no serán las que consigan retener a las personas durante décadas dentro del mismo sitio. Quizá serán las que eviten que se institucionalicen.
Las que obliguen a sus equipos a salir fuera.
A escuchar. A mezclarse. A visitar otras compañías. A asistir a congresos. A discutir con gente incómoda. A explorar otras industrias. A exponerse continuamente al mundo real.
Porque la adaptación nunca ocurre dentro de sistemas cerrados.
Y porque hay algo todavía más peligroso que perder un empleo: Acabar haciendo de tu despacho tu celda y creyendo que ese era el mundo real.
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