¿Cómo llegó usted hasta aquí?


¿Cómo llegó a trabajar de lo que trabaja?
No le pregunto qué estudió, cuál es su cargo ni qué aparece debajo de su nombre en LinkedIn. Le pregunto cómo llegó realmente hasta ahí. Si fue el resultado de una decisión meditada o si influyeron la nota que obtuvo, unos estudios que tenía cerca, la opinión de sus padres, una primera empresa que le ofreció una oportunidad, una promoción que aceptó sin pensarlo demasiado o una hipoteca que apareció justo cuando empezaba a preguntarse si quería continuar.
Es posible que eligiera su profesión con absoluta convicción. También puede que fuera tomando decisiones razonables sin saber exactamente hacia dónde lo conducían y que, cuando quiso darse cuenta, aquellas decisiones ya se habían convertido en una carrera, un salario, una posición social y una forma de presentarse ante los demás.
La ciencia lleva años cuestionando la idea de que construimos nuestras trayectorias profesionales siguiendo un plan. Un estudio publicado en el Journal of Vocational Behavior preguntó a 772 personas qué había influido en sus decisiones y el 69,1 % reconoció el efecto de algún acontecimiento fortuito. No significa que nuestras carreras dependan del azar, pero sí que tendemos a reconstruirlas después como si hubieran respondido a una estrategia mucho más ordenada de la que realmente existió.
Nos gusta pensar que llevábamos el volante, aunque durante buena parte del viaje solo fuéramos sentados en el asiento de atrás.
Algunas personas descubren pronto que aquello no era lo que esperaban. Otras escogieron bien para quien eran entonces, pero han cambiado. También están quienes siguen siendo buenos en su trabajo, reciben reconocimiento y tienen unas condiciones que desde fuera parecen envidiables, aunque hace tiempo que dejaron de sentir curiosidad por lo que hacen. El fuego no siempre se apaga porque nunca fuera verdadero; a veces lleva demasiados años calentando la misma habitación.
Cambiar, sin embargo, no es sencillo. Alrededor de una profesión construimos ingresos, relaciones, experiencia, rutinas y una identidad. No decimos únicamente que trabajamos como abogados, profesores, comerciales o ingenieros. Decimos que somos abogados, directores o profesores. Preguntarnos si queremos continuar puede obligarnos a revisar no solo nuestro empleo, sino también el relato que llevamos años explicándonos sobre quiénes somos.
Entonces aparece el remolino. Sabemos que algo no encaja, pero seguimos dando vueltas. Pensamos mucho, hablamos con las mismas personas y llegamos casi siempre a las mismas conclusiones. Esperamos alcanzar una certeza completa antes de movernos, aunque difícilmente encontraremos una dirección nueva mientras continuemos observando el mundo desde el mismo lugar.
Lo curioso es que aceptamos ayuda con naturalidad en otros ámbitos. Si nos duele una rodilla, acudimos al fisioterapeuta. Si queremos alimentarnos mejor, consultamos a un nutricionista. Si debemos firmar un contrato importante, buscamos un abogado. No interpretamos que pedir asesoramiento nos haga menos autónomos ni que alguien esté decidiendo por nosotros.
Sin embargo, cuando la duda afecta a nuestra vida profesional, creemos que la respuesta debería salir únicamente de nuestro interior. Pedir ayuda parece admitir que no nos conocemos, que no sabemos decidir o que, después de veinte años trabajando, todavía no hemos descubierto qué queremos ser de mayores.
No es una sensación anecdótica. Una revisión de 144 estudios con más de 90.000 participantes concluyó que el estigma reduce la búsqueda de ayuda, especialmente cuando solicitarla entra en conflicto con la identidad que la persona desea preservar: alguien fuerte, competente y capaz de resolver sus propios problemas. Aunque aquella investigación se centraba en la salud mental, el mecanismo resulta reconocible: no solo tememos que los demás piensen que no sabemos qué hacer; tememos empezar a pensarlo nosotros.
En la orientación profesional se añade otro problema. Seguimos asociándola con la adolescencia, con un test realizado en el colegio y una lista de estudios entregada a alguien que no sabe qué escoger. Por eso muchos adultos ni siquiera la consideran una posibilidad. Creen que orientarse a cierta edad significa haber llegado tarde, haberse equivocado o reconocer un fracaso.
Quizá también temen lo que podrían descubrir. Mientras el malestar continúe siendo confuso, pueden atribuirlo al jefe, a la empresa, al cansancio, al lunes o a la edad. Detenerse a examinarlo abre la posibilidad de comprobar que necesitan cambiar algo. Y una vez visto, resulta más difícil continuar comportándose como si no pasara nada.
No todas las personas que se sienten atrapadas necesitan abandonar su trabajo, empezar desde cero o perseguir una supuesta vocación. Algunas necesitarán cambiar de empresa; otras, modificar sus funciones, formarse, recuperar una parte olvidada de su profesión o aceptar que el problema no está en el trabajo. La cuestión no es cuál será la respuesta, sino por qué insistimos en buscarla completamente solos.
Quizá muchas personas no permanezcan atrapadas porque no exista ninguna salida, sino porque buscarla les obligaría a pronunciar una frase que les cuesta más que seguir dando vueltas:
No sé qué quiero hacer ahora y puede que necesite ayuda para averiguarlo.
La pregunta, por tanto, no es únicamente cómo llegó usted hasta aquí.
La pregunta es por qué, si ya no sabe cómo continuar, sigue consultando solamente a la misma persona que lleva años sin darla una respuesta clara.
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Fuentes
Bright, J. E. H., Pryor, R. G. L. y Harpham, L. (2005). *The Role of Chance Events in Career Decision Making*. Journal of Vocational Behavior, 66(3), 561-576.
Clement, S. et al. (2015). *What is the impact of mental health-related stigma on help-seeking? A systematic review of quantitative and qualitative studies*. Psychological Medicine, 45(1), 11-27.
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