Cuando a la víctima le llaman verdugo
- zenoquantum

- 2 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 3 dic 2025

Durante los últimos años se ha repetido con la seguridad de un dogma: “Los jóvenes no quieren esforzarse. No quieren estudiar. No quieren comprometerse.”Y así, sin mucha reflexión, la sociedad adulta ha convertido a toda una generación en verdugo de un sistema que —con cierta amnesia selectiva— nosotros mismos hemos construido.
Pero hay un ángulo que casi nunca se menciona: cuando un joven abandona, renuncia o se desorienta… ¿quién creó el tipo de persona que toma esa decisión?¿De quién es realmente la responsabilidad?
Los padres hablan del “sistema” como si fuera una fuerza externa, como si la política, la escuela, los maestros, las empresas o los empresarios fueran los culpables de todo. Es una maniobra retórica cómoda: se reparte la culpa en todas direcciones, se diluye la responsabilidad personal y decisiones propias se presentan como problemas generados siempre por otros.
Familias que renunciaron a educar mientras miraban hacia otro lado
Muchos padres desean hijos exitosos sin asumir la parte incómoda: el tiempo, la coherencia, los límites, la presencia real.
Algunos intentan ser amigos, influencers domésticos o “colegas”, pero evitan el rol que exige la incomodidad del no, del ejemplo, del acompañamiento sostenido, del valor.
Y cuando algo va mal, buscan culpables siempre fuera: “Será el colegio, será la educación pública, será la sociedad… será algo.”Todo excepto lo más evidente: ellos mismos.
Educar no es acompañar el presente: es preparar a alguien para un futuro que nosotros no veremos.Y eso implica responsabilidad, no simpatía.
La universidad: cuando el estudiante es señalado como culpable
En el discurso público se culpa al universitario de todo: que abandona, que no va a clase, que no se compromete. Pero los datos cuentan otra historia.
En España, el 22 % de los estudiantes abandona la universidad en el primer año.
¿De quién es culpa? ¿Del “sistema”? ¿Del estudiante? ¿De nadie? Las principales causas no son la falta de ganas, sino falta de orientación real, ausencia de tutores profesionalizados, currículos irrelevantes, poca conexión docente y escaso acompañamiento académico.
Muchas universidades se han replegado sobre sí mismas: presupuestos, campañas de rector, burocracia, imagen institucional. El resultado es evidente: aulas con cien alumnos en las que solo aparecen cuatro; grados con tasas de abandono del 50 %; titulaciones donde se hacen dos horas de clase al día; profesores que no los conocen ni el de recepción.
Y cuando el estudiante abandona, la universidad hace lo más fácil: lo declara culpable.
Pero ese estudiante no es verdugo: es víctima de un modelo que lo trata como una matrícula, no como una persona.
Empresas que confunden rentabilidad con deshumanización
La productividad sigue siendo sagrada, pero muchas organizaciones actúan como si cuidar a sus trabajadores fuera incompatible con obtener beneficios. La evidencia dice lo contrario: los equipos bien valorados, con mayor seguridad y apoyo, son los que más innovan y mejor rinden. Pero aún subsiste una mentalidad industrial que considera al empleado como un “costo variable”.
Sin embargo, amar lo que una empresa construye pasa inevitablemente por amar a quienes lo hacen posible. No con sentimentalismo, sino con visión: sin personas cuidadas, conseguir beneficio es jugar a la ruleta rusa. La esclavitud ya no pertenece a esta era; algunos modelos de gestión, por desgracia, todavía sí.
Y mientras tanto, los jóvenes… víctimas señaladas como culpables
Cuando un adolescente se rinde, cuando un joven empleado renuncia, cuando un estudiante fracasa, la sociedad adulta levanta el dedo: “Es que no tienen resiliencia.” “Es que no se esfuerzan lo suficiente.”
Pero rara vez se hace la pregunta esencial: ¿Qué parte de su falta de preparación es consecuencia directa de nuestras omisiones?
Los jóvenes no eligieron el tipo de universidad que tienen. Ni la familia que los educó. Ni las empresas donde trabajarán. Ni los valores que heredaron. Ni la cultura que les exige lo que nosotros los adultos no practicamos. Son herederos de un guion que no escribieron.
No son verdugos: son el inventario vivo de nuestra responsabilidad aplazada.
La responsabilidad: la pieza que falta en la conversación
Culpar al “sistema” es cómodo; asumir que somos el sistema, no tanto.
Las familias modelan la relación con el esfuerzo, el respeto y la coherencia.
Las universidades modelan la calidad del pensamiento y la capacidad de aprender.
Las empresas modelan cómo se entiende el trabajo, el propósito y el valor.
Si estas tres estructuras renuncian a su responsabilidad, los jóvenes pagan el precio.
La educación, el trabajo y la vida no fracasan de golpe: fracasan lentamente, por abandono adulto.
Conclusión: no es que los jóvenes no quieran… es que nadie quiso antes por ellos
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