Quizá la inteligencia artificial nos esté haciendo más intelectuales

Actualizado: 21 sept

Estás viendo una serie en Netflix y uno de los personajes menciona una ciudad de la que nunca habías oído hablar. Hace unos años, quizá habrías pensado en buscarla en otro momento. Probablemente no lo habrías hecho. Habría llegado la hora de dormir y aquella pequeña curiosidad habría desaparecido de tu mente sin dejar rastro.
Ahora coges el móvil y preguntas dónde está esa ciudad, por qué fue importante o qué ocurrió allí. Una respuesta conduce a otra pregunta y, unos minutos después, sabes algo que por la mañana desconocías.
Seguro que te sucede lo mismo cuando dudas de cómo se escribe una palabra, escuchas el nombre de un personaje histórico durante una comida, intentas recordar quién ganó una competición deportiva o quieres comprender por qué una noticia económica puede afectar a su empresa.
Son preguntas pequeñas, desordenadas y muchas veces aparentemente inútiles. No forman parte de ningún programa académico ni conseguirás un título por ello. Sin embargo, van dejando sedimento. Amplían tu vocabulario, conectan acontecimientos y te permiten participar con más de profundidad en las conversaciones que mantienes con otras personas.
Durante los últimos años hemos escuchado que la inteligencia artificial podría volvernos más perezosos, menos autónomos y, en definitiva, más ignorantes. Es posible que en algunos casos esté ocurriendo. Pero en Zeno Quantum empezamos a observar también un movimiento en la dirección contraria: quizá nunca tantas personas habían hecho tantas preguntas sobre tantas cosas diferentes.
Todavía no existen estudios capaces de demostrar que la inteligencia artificial esté elevando el nivel intelectual de la población. Para saberlo necesitaríamos observar durante años cómo evoluciona el conocimiento, la curiosidad y la capacidad de razonamiento de quienes la utilizan.
Sin embargo, ya aparecen algunos indicios.
Un estudio sobre el uso real de ChatGPT realizado por investigadores de OpenAI, Harvard y Duke concluyó que cerca del 80 % de las conversaciones se concentraba en tres grandes categorías: orientación práctica, búsqueda de información y escritura. Pew Research encontró en 2026 que el 42 % de los adultos estadounidenses utilizaba chatbots para buscar información y que eran muchos más quienes consideraban que estas herramientas les ayudaban a estar mejor informados que quienes creían lo contrario.
No demuestran que seamos más inteligentes. Pero sí confirman que no estamos utilizando la inteligencia artificial únicamente para redactar correos, generar imágenes o evitar tareas. También estamos conversando con ella para comprender el mundo.
La humanidad ya ha vivido otros momentos en los que una transformación redujo las barreras que protegían el acceso al conocimiento.
La imprenta permitió reproducir libros que hasta entonces debían copiarse uno a uno y facilitó que las ideas circularan mucho más allá de monasterios, universidades y colecciones privadas. Un estudio del economista Jeremiah Dittmar encontró que las ciudades europeas que adoptaron tempranamente la imprenta crecieron alrededor de un 60 % más que otras ciudades comparables entre 1500 y 1600. El acceso a la información no produjo únicamente más lectores: generó actividad económica, intercambio de ideas y nuevas formas de innovación.
Siglos después, las bibliotecas públicas eliminaron otra barrera.
Ya no era imprescindible comprar un libro para poder leerlo. Bastaba con cruzar una puerta, recorrer una estantería y disponer de tiempo. Un estudio sobre las más de 1.500 bibliotecas financiadas por Andrew Carnegie en Estados Unidos encontró que las localidades que las recibieron aumentaron su producción de patentes aproximadamente entre un 10 % y un 12 % durante los veinte años siguientes. Cuando el conocimiento se volvió accesible, algunas personas no se limitaron a consumirlo: lo utilizaron para crear cosas que antes no existían.
La imprenta permitió reproducir el conocimiento. La biblioteca pública permitió consultarlo sin tener que comprarlo. Internet permitió acceder a él sin desplazarse. La inteligencia artificial añade una transformación diferente: permite conversar con el conocimiento en nuestro propio lenguaje.
Ya no necesitamos saber en qué libro se encuentra una respuesta, conocer las palabras exactas que utiliza un especialista ni atrevernos a interrumpir a alguien para hacer una pregunta que quizá nos parezca demasiado elemental. Podemos pedir una explicación, reconocer que no la hemos entendido y volver a intentarlo.
Podemos solicitar un ejemplo relacionado con nuestro trabajo, nuestra edad o una situación que conocemos. No tenemos únicamente una biblioteca inmensa dentro del teléfono. Tenemos a alguien sentado a nuestro lado que conoce sus estanterías y no se cansa cuando preguntamos por tercera vez.
Naturalmente, la posibilidad no garantiza el resultado.
La misma imprenta que difundió tratados científicos imprimió mentiras y panfletos. Las bibliotecas guardaron libros que nadie abrió. Internet acercó el conocimiento a nuestros hogares y también nos permitió dedicar una tarde entera a mirar vídeos de gatitos. La inteligencia artificial puede explicar por qué cayó el Imperio romano, pero también puede redactar un trabajo sobre el Imperio romano que su propietario entregará sin leer.
La inteligencia artificial no hace mejores ni peores a las personas. Las amplifica.
Para quien quiere evitar el esfuerzo puede convertirse en un atajo que le permita alcanzar un resultado sin recorrer el camino. Para quien desea comprender, puede actuar como un propulsor que le permita llegar a lugares que antes quedaban demasiado lejos. Exteriormente, ambos obtendrán una respuesta. Intelectualmente, habrán hecho movimientos opuestos.
Quizá, por tanto, no estemos ante una tecnología que hará innecesario el conocimiento, sino ante la primera que permitirá a casi cualquier persona aprender casi cualquier cosa en el mismo momento en que sienta curiosidad.
Pensábamos que habíamos construido una máquina para evitar tener que saber y puede que hayamos construido la herramienta que más oportunidades nos ha dado para aprender.
Ahora falta saber si conservamos las ganas de preguntar.
Y, sobre todo, si desde los colegios somos capaces de fomentar la curiosidad por aprender. Probablemente la asignatura más importante de la próxima década.
Pero de eso hablaremos en otro Insight.
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En el comprosmiso que tenemos en Zeno Quantum con la igualad de las personas, el texto está redactado en género masculino ya que la RAE mantiene que el masculino genérico se usa para ambos sexos y que no excluye a la mujer.




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